LAS AÑORANZAS DE LA GUELAGUETZA

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ARENA POLITICA
Mario CASTELLANOS ALCAZAR.

Juan Carlos Rivera, no rinde cuentas.

La Guelaguetza oaxaqueña no vibró este año en el corazón de los
oaxaqueños, por cuestiones ajenas a la voluntad del pueblo, gobierno o de los grupos étnicos de la entidad, pero sí, flotó en el recuerdo de propios y extraños, de lo que es el acervo cultural de las comunidades indígenas, que tienen el legado de sus ancestros, hecho cultura y una gran diversidad de usos, costumbres y tradiciones.

Los Lunes del Cerro, como se le conoce históricamente a la
Guelaguetza oaxaqueña a celebrarse el lunes siguiente a la fiesta religiosa de la Virgen del Carmen (16 de julio) y el aniversario de la muerte de Benito Juárez García (18 de julio), esta vez, el 20 y el 27 de julio, no tuvo su presentación, debido a la crisis pandémica del fatal coronavirus, por motivos de normatividad y cumplimiento sanitario.


Esta vez, la Guelaguetza, no fue motivo de lucro de los organizadores ni del Secretario de Turismo del Gobierno del Estado, Juan Carlos Rivera Castellanos, quien, para recuperar sus ganancias, de la reventa de los boletos, que cada año entrega a los intermediarios, está promoviendo la celebración de esta fiesta para el próximo mes de diciembre, pese al rechazo de los oaxaqueños, porque se ve con fines lucrativos.

Por supuesto que no llegaron a la capital oaxaqueña, miles de turistas
nacionales e internacionales, que cada año, por estas fechas llegan con
anticipación para admirar, disfrutar y compartir la fiesta nativa de los
oaxaqueños, que proviene de su propia historia, que emana, de sus 16
grupos étnicos, que aprovechan para demostrar sus habilidades culturales, que se traducen en hospitalidad, su música, sus lenguas autóctonas, sus danzas, bailables, sones, jarabes, chilenas, fandangos, sus versos picarescos, y todo lo relacionado al intercambio de su producción agrícola, artesanal y gastronómica.

Por cierto, el auditorio de la Guelaguetza lució vació, sin alma y sin el
estruendo de los aplausos, pero también, el gobierno estatal y la cepa de los políticos oaxaqueños resintieron la falta de oportunidad para hacer gala de ostentación y alarde de sus influencias con sus invitados especiales, o para relacionarse políticamente en las esferas del gobierno estatal y federal, en el caso de los invitados especiales.

Todo fue monotonía; esta vez, no se escuchó el canto de la chirimía, la
armonía de los sones, bailables y fandangos, esa música original de las ocho regiones de la entidad, tampoco, se vio la vestimenta de los hombres y mujeres, que ejecutan las coreografías, los arreglos y repertorios musicales, los cantos alegres, los versos picarescos del Istmo de Tehuantepec, la Costa, los Valles Centrales, la Cuenca del Papaloapan y todo lo relacionado a la cultura oaxaqueña.


Los atuendos brillaron por su ausencia, de las mujeres bellas de la
región de Tuxtepec, Tehuantepec, los Valles Centrales, la Costa, Pinotepa Nacional y demás regiones, de vistosos colores, aretes, collares y toda la indumentaria de los bailables, sones y fandangos, de acuerdo a la idiosincrasia de cada comunidad participante.

Falto la convivencia pura de los oaxaqueños, en cada región, en cada
comunidad, en cada rincón y en cada comunidad, en los que se realizan, la presentación de los Lunes del Cerro, a los que acuden propios y extraños, con una sola intención, que se encierra en la máxima solidaridad y entrega mutua de la Guelaguetza, que fluye recíprocamente de corazón a corazón y con el alma en las manos.

En fin, la multiplicidad de las culturas étnicas oaxaqueñas, esta vez, no
fueron el escaparate político del gobierno estatal y funcionarios, que
aprovechan la ocasión para hacer gala de influyentismo, pero, además, la fiesta tradicional no fue motivo de lucro y comercialización, como cada año, sucede en la venta y reventa de boletos, que son entregados a los recomendados e influyentes, menos a los oaxaqueños de bajos recursos económicos, porque las entradas se vuelven un privilegio, solo al alcance de la clase pudiente.

Aparte, de que esta fiesta se ha vuelto elitista, no obstante, que se ha
sofisticado con el tiempo, pues va perdiendo su originalidad y esencia,
incluso, ya no participan los auténticos bailarines, sino, que cada vez, los integrantes de las delegaciones son los amigos, los recomendados, los hijos y familiares de los influyentes.

Al respecto el Secretario de Turismo del gobierno estatal, Juan Carlos
Rivera Castellanos, esta vez, no dijo nada, respecto al número de visitantes y la derrama económica, no hubo canturreos, como cada año. Esta celebración representa millonarios ingresos y fraudes, pues, a nadie se rinde cuentas y todo queda en cifras alegres, nadie sabe, nadie supo de los millones de pesos- y en donde se quedan, todo queda en manos de los funcionarios.

La Guelaguetza oaxaqueña data desde la conquista mexica, la cual se
realizaba antiguamente en honor a la diosa del maíz tierno Xilonen, hoy a la diosa del maíz, Centeotl; representa la multiplicidad de las culturas étnicas, desde su origen, en el año 1932, cuando Oaxaca cumplía 400 años de haber sido nombrada como ciudad por el Rey Carlos V.

Según, el investigador Salvador Sigüenza, la Guelaguetza es de origen
zapoteco y tiene dos connotaciones de ayuda mutua y reciprocidad, en
momentos cruciales de la vida (bodas, nacimientos, defunciones). Es
solidaridad y confianza en el mundo indígena.
carloscastellanos52@hotmail.com

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